jueves, 7 de enero de 2010

Las mujeres en la sociedad árabe.

Durante décadas, la imagen de la mujer árabe no ha cambiado a nivel internacional. El analfabetismo es un defecto imprescindible que les impide reconocer sus derechos y las leyes para reclamar (Según encuestas, más de 44 millones de mujeres en el mundo árabe que son mayores de edad (15 años y más) no saben ni leer ni escribir.). También los factores como la pobreza, los servicios de salud y sanidad muy limitados, los problemas de la educación de mujeres, las tradiciones convencionales y el machismo (entre otros que existen en estas sociedades) les obstaculizan sus avances.

La mujer árabe está sometida a las mismas normas de injusticia social, política y tribal que sufren las sociedades del Tercer Mundo, aunque algunos de los problemas a los que se enfrenta son los mismos que sufre la mujer occidental. (Por ejemplo la discriminación laboral, la violencia de género, etc.)


Aún así, tampoco se puede generalizar: por ejemplo, mientras en Arabia Saudita las mujeres no pueden ni siquiera conducir un coche, en Siria, un país oficialmente laico de mayoría musulmana pero multiconfesional, el papel de la mujer en la sociedad es mucho más importante: las mujeres constituyen alrededor de un 27 por ciento de la población económicamente activa y tienen cerca de un diez por ciento de los asientos en el parlamento, y se aspira a reservar para las mujeres un treinta por ciento de los puestos de mando.

A pesar de esto, las mujeres de los estados árabes en los que se dan situaciones machistas presentan prohibiciones muy extremas. A continuación se presentan algunas de ellas:

La mutilación educativa.
En un país árabe, desde el momento en que una niña empieza a gatear o a sostenerse en pie, se le enseñará que sus órganos sexuales son algo sumamente delicado que deberá tratar con precaución. Aquí empieza la mutilación educativa.

La educación que una niña recibe en la sociedad árabe en una sucesión ilimitada de advertencias sobre lo que es dañino, vergonzoso o prohibido por la religión. La niña aprenderá a reprimir sus apetitos, sus gustos y sus instintos. Su educación consiste en un estrangulamiento gradual de su personalidad, que deja intacta solamente la cáscara externa: su cuerpo.

Una vez perdida la personalidad, la niña hará lo que los varones de la familia digan. En los institutos egipcios se enseña a los adolescentes que el único marco legal para mantener relaciones sexuales es el matrimonio. La masturbación está prohibida; la prostitución se ilegalizó; la homosexualidad y las relaciones sexuales extramatrimoniales son severamente condenadas por la sociedad. La única mujer a la que un chico tiene fácil acceso es su hermana pequeña. En los países árabes la mayoría de las niñas sufre abusos por parte de los varones de su familia.

El himen.
Para la sociedad árabe en general el himen sigue siendo la parte más importante y que más hay que cuidar del cuerpo de una chica, es más valioso que un ojo, un brazo o una pierna. Toda niña árabe debe poseer esa fina membrana llamada himen, que además debe sangrar profusamente en la noche de bodas y marchar las sábanas que el recién casado mostrará con orgullo al resto de familiares. Todavía muchos árabes están firmemente convencidos de que Dios ha dotado a las mujeres de un himen para que éstas puedan probar su virginidad. En realidad la constitución biológica de un ser humano no tiene nada que ver con los valores morales sino con el cumplimiento de funciones fisiológicas. Pero el himen ni siquiera tiene funciones fisiológicas que cumplir, es comparable al apéndice. Sólo el 41% de las niñas nace con un himen normal, en la mayoría de los casos su elasticidad o su grosor impide que se rompa, en otras ocasiones la membrana excesivamente frágil se rompe con un mal gesto.

Aquí es importante hablar de la daya, mujer muy solicitada en las noche de boda que se encarga de desgarrar el himen de las recién casadas en caso de no sangrar tras el acto sexual. Se encarga de introducir su uña larga en la vagina de la chica hasta que sangra. En algunas ocasiones esa sangre no es del himen sino de desgarros internos, las dayas no tienen estudios médicos y en muchas ocasiones ni siquiera trabajan con unas mínimas condiciones higiénicas. Otras veces, para lograr la mancha en las sábanas también se sirven de sangre de gallina o bien de haber acordado la fecha de la boda en día de menstruación.

El honor de un hombre en la sociedad árabe estará a salvo si los miembros femeninos de la familia tienen sus hímenes intactos.

La ablación.
La ablación es la extirpación o corte de parte o partes de los genitales externos de las mujeres. Es por tanto una agresión a la integridad física de las mujeres. Constituye o forma parte del ritual de iniciación que se realiza a las niñas originarias de algunos países africanos. Entre sus consecuencias están: pérdida del deseo y el placer sexual, dolor en el coito, infecciones pélvicas con esterilidad, mortalidad materno-fetal por dificultad en los partos y muerte por hemorragia al hacer la ablación sin medidas sanitarias.

La ablación se practica en algunos países africanos, bastantes de ellos de mayoría musulmana, como Egipto, Sudán, Somalia, Senegal, Gambia, Mali... Sin embargo la gran mayoría de pueblos musulmanes del mundo no la practican y en los países en que se realiza también la practican minorías no musulmanas (animistas, judías, cristianas coptas). Esto y otras razones hace suponer que es una costumbre preislámica que tras la islamización adquiere una nueva justificación.

La razón principal por la que se sigue practicando la escisión es la importancia que en estas sociedades se sigue concediendo a la virginidad y a la conservación del himen intacto. Amputando los órganos genitales externos de las niñas, disminuirá su deseo sexual. La edad a la que se realiza esta práctica son los siete u ocho años.

La escisión de la mujer, el cinturón de castidad y otras prácticas salvajes aplicadas a las mujeres son el resultado de los intereses económicos que dominan la sociedad. El que estas prácticas existan todavía en la sociedad actual significa que estos intereses económicos aun son operativos. Los cientos de dayas, enfermeras, personal paramédico y doctores, ganan bastante dinero con la escisión de la mujer, se resisten a cambiar estos valores y prácticas que constituyen para ellos una fuente de beneficios. En Sudán existe un verdadero ejército de dayas que se gana la vida operando a las mujeres.

A continuación se presenta una entrevista muy interesante con mujeres árabes, en la cual se habla de los temas arriba citados: Aquí.

Velo islámico.
Otro símbolo que deja visible esa sumisión de las mujeres es el velo; sin embargo, en la actualidad se hace cada vez más visible, tanto en los países árabes como en Occidente.

Antes, el pañuelo carecía de esta dimensión religiosa que se le atribuye en la actualidad. Aunque fuese introducido por el Islam en el siglo VII, formaba parte de la vestimenta tradicional de la mujer musulmana. Así, el hecho de que éste simbolizara o no a una mujer sumisa ni siquiera se planteaba.


El pañuelo comenzó a ser considerado como símbolo de sumisión de la mujer musulmana durante la época colonial, ya que el colonizador que se dotaba a sí mismo de una condición superior y se atribuía la creación de un proyecto civilizador de cara a una sociedad primitiva, anticuada y arcaica, lo veía como un símbolo de resistencia.

Las mujeres árabes y musulmanas, en general, durante el periodo poscolonial se vieron divididas entre dos modelos culturales diferentes, uno ejercía fascinación, y el otro era la herencia de una fuerte tradición. De este hecho se deduce que el conocimiento real de la religión musulmana y del estatus de la mujer musulmana dentro de esta religión era en cierto modo desconocido.

Habría que esperar a la generación de sus hijas, las jóvenes de hoy, que frente a la fascinación de sus padres por la cultura occidental y el desprecio marcado de Occidente hacia el Islam, deciden emprender una búsqueda para conocer su religión y al mismo tiempo su identidad que, que por las relaciones e influencias, no formaba parte ni de Oriente ni de Occidente. Se podría considerar que de ahí se desprende la proliferación del uso del pañuelo musulmán entre las jóvenes. El hecho de llevar el pañuelo no significa el rechazo a la civilización occidental ni una vuelta a la tradición, pues en muchos puntos la religión y la tradición divergen. El Islam representa un punto de equilibrio y de encuentro para una juventud que afirma su identidad. En cuanto al pañuelo es, en ocasiones, un desafío de cara a una sociedad que quiere ver en la mujer que lo lleva, sumisión, regresión, etc. Un cliché que, actualmente, no responde a la realidad, dado que en la mayoría de los casos, la decisión surge de la propia mujer, que paralelamente elige llevar una vida activa, mira por su autonomía, etc. En resumen, ésta adopta el modo de vida emancipado tan alabado por Occidente, y todo ello viviendo con los preceptos del Islam.

Lorena.

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